El eco estremecedor de sus voces recorre el cuerpo y el alma de quien las escucha;
matizada con pequeños intervalos de silencio que alimenta su aliento, la estética de
dichas voces está más allá de algún tipo de talento humano innato o aprendido. Es el
conmovedor diálogo entre Dios y sus criaturas en medio del valle de lágrimas que
habitan, desde donde levantan las voces con ímpetu al Cielo a punto de grito, mas, un
grito confiado en la Misericordia de su Señor. Estas son las voces de las fervorosas
cantoras nazarenas, fieles seguidoras de las andas del Señor de los Milagros,
representantes perpetuas de aquellas mujeres de Jerusalén a las que camino al
Calvario Jesús consoló: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí. Lloren más bien por
ustedes mismas y por sus hijos, porque llegarán días en que se dirá: Felices las que
no dieron a luz ni amamantaron” ( Lucas 23, 28 -29). San Lucas cuenta que “Lo seguía
muchísima gente, especialmente mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban
por él”. Hoy, con el mismo amor y fidelidad, dos mil años después las mismas mujeres
con sus voces santas y sencillas, claman al Cielo suplicantes por sus hijos y por el
perdón de sus miserias. Más que un canto es una plegaria honda y una súplica
ardiente que intenta una entrañable plática con Dios, recitándole versos narrativos que
le alaban e imploran perdón. Esta particular estampa representa a la fe de la mujer, su
amor a Dios y su valiente entrega como en todos los momentos de la Historia.
Representa a las madres, abuelas, jóvenes y ancianas del mundo, que en una sola voz
comunican a Dios las dolencias universales del hombre. Son ramilletes de diez, quince
o más mujeres ubicadas detrás de las ‘sahumadoras’, adelante del anda, muchas
descalzas pero todas con un velo blanco en sus cabezas, que se entregan durante
horas acompañando a la imagen en su recorrido por las calles anchas y angostas de la
Lima negra, mestiza y criolla. El coro de voces de estas mujeres de a pie, señoras de
sus casas, tan sencillas como cualquier otra, es el icono de esta procesión, la más
multitudinaria del mundo, que destaca al fondo de las sentidas melodías de las bandas
procesionales; el ícono del grito de fe del pueblo de Dios que nada lo desalienta, ni el
cansancio ni la muchedumbre. He ahí las hemorroisas, las samaritanas, las
Magdalenas, las Martas y Marías, todas juntas ofreciendo a Dios todo de lo poco que
tienen, sus manos en alabanza, sus voces morenas y su entero corazón.
Organización 2018

Jefa de Grupo: ISABEL CARDENAS